CECILIA MANDRILE – MUESTRA INDIVIDUAL DE OBJETOS

(Selección del catálogo “El perfume de la ausencia” sobre la obra de Cecilia Mandrile)

“ALGUNOS APUNTES SOBRE LA FORMA DE SU PIEL”

por Federico Falco

Conjuntivitis: Cecilia nació con conjuntivitis. Además, era miope. En el útero se le había enfermado la vista. A lo mejor por eso, en su obra, una y otra vez, aparece el deseo de ver.

Oscura: o más que oscura, ella dice que siempre fue escéptica. Hay gente a la que se le cansan los ojos porque ya no quiere mirar pero tal vez los de ella se arruinaron de tanto desear atravesar el mundo. Cecilia tiene una forma de usar los ojos casi científica y, al mismo tiempo, llena de piedad, una mezcla que sólo puede provenir de alguien envestido de escepticismo. Y de excepción.

Vista: para los miopes severos el mundo es sólo cercanías. Todo lo que está más allá de lo que puede alcanzar la mano se vuelve turbio, niebla. Las cosas se borronean, se desenfocan. El miope vive encerrado en una cápsula de vidrios transparentes que su propio aliento se encarga de empañar. Lo que está lejos se vuelve incierto, incomprensible y—tal vez—riesgoso. El miope está condenado a la desconfianza y a la soledad. Lo nítido es sólo aquello que puede arrimarse a las pupilas, porque en la cercanía su visión crece y se corrige, hasta volverse casi perfecta. Todo lo que hace un miope es pequeño y para mirar de cerca. Así de íntimas son las cosas que ella fabrica.

Viajar: porque en algún momento tenía que irse lejos. Porque ella sabía que no era de las que se quedarían quietas. Porque un miope cualquiera se resignaría a mirar sólo lo cercano, pero ella sabe que no es una miope cualquiera.

Idioma: se alejó y encontró tabiques, buscó el silencio—lo prefirió—, se calló la boca, se aisló, no dijo porque decir es una complicación o era delatarse. En tierras extrañas, los pensamientos se volvieron más profundos y más fructíferos, pero también estaban condenados a quedarse de la piel para adentro. Las palabras no alcanzaban o estaban bajo sospecha. Volvió a la mudez y se retrotrajo y en ese retroceder, se encontró sola en medio de la noche, rodeada de oscuridad, la única luz era la de una lámpara baja, reconcentrada sobre sus manos, los ojos fijos en las uñas propias, en las cutículas. Tela. Aguja. Hilos gruesos. Sogas. Palitos. Potiches. Lo que encontraba por ahí. Todo servía para armar cosas que antes no estaban, aunque sólo fuera para perder el tiempo y no pensar. Ensamblaba imágenes borrosas. Les daba cuerpo. Rodeada de negro y de silencio, se volvió una niña, una especie de hechicera. Armó juguetes nocturnos. Ya no eran juguetes inocentes. Podían ser pequeños tótems donde anclar el recuerdo, o artilugios para conjurar penas y desgarros, o cuerpecitos vicarios para acariciar lo que había quedado lejos. En todo caso, eran los restos de alguien que jugaba solo.

Digital: usaba siempre la misma imagen, una y otra vez. El mismo archivo, en viejos disquetes. Una de sus últimas imágenes en Argentina, pero tras capas y capas de filtros y de borroneos: como a todo lo que está lejos, sus ojos miopes enseguida se encargaron de teñirla de niebla. La distancia—el haberse ido—era una herida que se traducía en desenfoque; los rastros individuales se perdieron. La miopía conjugada con la distancia redujo los particulares, la imagen dejó de ser autorretrato y se destiló hacia las formas más gruesas, los universales compartidos. Dos ojos. Una nariz. Una boca. Una cara. De cualquier lugar. De cualquier raza. De cualquier género. De cualquier edad. Sin rastros personales y sin memoria. Cuando se está lejos, se es nadie. Con lo que encontró en aeropuertos, en caminos perdidos, en sótanos ajenos, en basureros comunales, en estudios prestados, en camas improvisadas, en el mismo desierto, volvió a armarse. Una y otra vez.

El perfume de la ausencia,_2000 - 2004_Objetos portátiles, lugares_encontrados - Londres, Inglaterra

Relleno: a lo mejor, mirando las muñecas que construía, a ella se le ocurrió la idea de que estamos rellenos de cosas encerradas, atrapadas dentro, debajo de la piel, debajo de la tela. Cosas que no se dicen, que no se cuentan (a veces, porque las palabras—en inglés, en español, en árabe—no alcanzan para decirlas), pero que ocupan volumen y definen la forma de la superficie que las oculta.

Migrar: se movió de un lado a otro. Llevó la casa a cuestas. Fue adoptada por una familia de beduinos. La suya era una itinerancia intrínseca. Nómade total, se repitió una y otra vez que la vida es movimiento. De cada una de sus vidas pasadas ella dejó rastros precisos, tangibles: el polvo que a su obra se le pegó en el camino, los lugares que juntas visitaron, las heridas y los contratiempos de cada viaje, las anécdotas, las risas, los placeres y los pesares. Ella los hizo explícitos. Migrar se volvió su arte.

Equipaje: la ingeniería de trasladar el máximo posible en el mínimo espacio, bajo la regla férrea de un límite estricto: todo debe sumar menos de veintitrés kilos. Armar el equipaje requiere cálculo, astucia, mente fría. Cada resquicio sirve para empacar una porción de lo que poseemos y no queremos dejar de poseer. Y a veces la fragilidad es tanta que sentimos que somos aquello que tenemos y que dejar un libro o un zapato detrás es dejar algo que nos constituye. En esas condiciones extremas, la escala de valores se altera. Pero en lugar de empacar posesiones, ella llenaba su valija con la obra que surgía de sus manos. Muñecas con la estampa de lo que alguna vez fue su cara: reconstituciones de cuerpos con la identidad borrada. Las llevaba de un lugar a otro, en itinerarios impredecibles: Latinoamérica, Medio Oriente, Europa del Este. Grand tour o Vía crucis, la obra se volvió portátil y el propio equipaje, se transformó en museo o en galería. Cuando estaban quietas, a las muñecas se les iba el aliento. Parecían completamente dormidas. Cobraban vida en el puro moverse.

La sospecha del errante: ¿por qué está siempre yéndose? ¿de qué huye? ¿qué habrá hecho? ¿por qué alguien estará tan lejos de casa? ¿de qué cosa es fugitiva? ¿quién la persigue? ¿de dónde la habrán echado? ¿por qué la echaron? ¿será que miente? ¿será que tiene algo que ocultar? ¿será que a cada lugar que llega se inventa un nuevo nombre, una historia nueva? ¿qué hace? ¿qué hizo? ¿quién nos asegura que no volverá a irse? ¿quién se anima a relacionarse con el que se va a ir? ¿quién se anima a relacionarse con el que es diferente? ¿cómo confiar en alguien que nunca desempaca? ¿cómo creer en alguien que no puede presentar ninguna garantía, nada que lo ate a ningún lugar? En un mundo de quietos, sobre ella, que era errante, pesaba siempre la sospecha. No entendían que se moviera. Tal vez desconfiaban sólo por celos.

Permanencia: a sus muñecas no les interesa pertenecer. Viajan y se vuelven frágiles, se destiñen, se destruyen en su saltar de equipaje en equipaje, de ciudad en ciudad, se desintegran en su paso de mano en mano. Aparecen los apósitos contenedores, las suturas a fuerza de piolín y curitas que las restituyen pero también las transforman. Hasta que ya no hay más remedio, y de efímeras pasan a ser sólo efemérides: un hito en la memoria, alguna documentación remanente, historias que sobre ellas se cuentan y que en cada nuevo contar se deforman un poco más.

Reposo: el viajero ruega por que el cuerpo no le falle, porque es el cuerpo el que permite el movimiento, pero también es el cuerpo el que exige reposo. Y cuando el cuerpo del viajero se desprende de su rudeza y se anima a mostrarse delicado, viajero y quietud se miran por primera vez a la cara. Algo va a tener que redefinirse. Después de ese enfrentamiento las cosas ya no pueden ser iguales. Si el viajero andaba huyendo, ya no puede escapar más. Si el viajero sólo paseaba porque sentía que quedarse quieto era equivalente a no vivir, tendrá que aprender de los alientos que electrifican los movimientos sutiles, prestar atención las alteraciones mínimas que sólo se pueden observar en lo rutinario. En el movimiento, todo es más intenso. En la quietud, la intensidad se diluye y como contrapartida aparece la posibilidad de cavar más hondo, de mirar mil veces el mismo objeto. Hay vida que sólo puede surgir si el agua está quieta, estancada. Ahí es dónde pululan las larvas, los caldos se espesan y se produce la alquimia.

El perfume de la ausencia

Postales que no se envían: viajes que no se hacen, el comienzo de una nueva vida.

Las cosas que giran a su alrededor: cuando el movimiento dejó de ser posible, ella buscó un lugar y, dispuesta a reinventarse, cavó un agujero en la tierra. Levantó un mástil. Se enterró y se transformó en eje. Como en un praxinoscopio, las cosas comenzaron a girar a su alrededor. Si las muñecas eran un yo vicario, vicario también es este movimiento. Los ojos se le han vuelto cien veces más agudos, y a su miopía no se la engaña con ilusiones ópticas. No importa. Ella sabe, ella intuye que se sigue moviendo.

BIO CECILIA MANDRILE

Cecilia Mandrile (Villa María, 1969) ha realizado muestras individuales en el Museo Genaro Pérez de Córdoba y el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires, el Kunstihoone de Tallinn (Estonia), St. Peter’s Heritage Center de Londres (Reino Unido) y el Centro Cultural Makan de Amán (Jordania), entre otras. Ha participado en numerosas muestras colectivas a nivel internacional en instituciones entre las que se cuentan el Museo del Barrio de Nueva York, el Victoria & Albert Museum de Londres, Corcoran Gallery of Art de Washington y el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Su obra es parte de las colecciones del Victoria & Albert Museum, del Museo Real de Bellas Artes de Amberes, del Museo de Arte Latinoamericano de Long Beach (California) y del Museo de Arte de Gyor (Hungría). Cecilia Mandrile ha sido artista residente en Gasworks Studios de Londres, Kala Art Institute de Berkeley, Frans Maseerel Graphic Center de Bélgica, la Fundación Ludwig de Cuba, Zona Imaginaria en Buenos Aires y Makan Bait en Amán, Jordania.

Mandrile es Licenciada en Grabado por la Universidad Nacional de Córdoba y Master en Bellas Artes por la Universidad de Maryland. Realizó su doctorado en el Centro de Investigaciones  del Grabado (University of the West of England).  Actualmente  se desempeña como profesora de arte en la Universidad de New Haven. Reside en Nueva York.

UnOtro,_2007 - 2008_Instalación

MÁS INFO: Web

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