Oscar Del Barco sobre la muestra VACIOS de Gustavo Cosacov – TEXTO COMPLETO

1. Gustavo, más allá de mi constante admiración por tu “obra”, esta obra a la cual acompañé a través de los años, me gustaría referirme a lo que está implícito en esto que indebidamente estoy llamando “obra”, precisamente a lo que toda obra tiene de des-obra, de des-montaje, de eso abierto como claro de manifestación. ¡Por fin la liberación! ¿Liberación de qué? Ante todo de los ojos, que ahora pueden inclinarse ante la música, el ritmo, el tacto, la esperanza: ojos que oyen, oídos que ven, ojos y oídos que tocan, palabras que estallan en la boca en alabanza de creación. Vamos más despacio. ¿Qué se arriesga o se pone en juego en la pintura? Con otras palabras, ¿por qué se pinta un bisonte o el caos o la nada? ¿por qué se pinta la pintura? ¿O se danza la danza? ¿Es que acaso todo el enigma gira alrededor del se? ¿Qué es el se?, o, mejor dicho, ¿el se es? El se, el lo, el ello, el neutro… la nada. No hay autor, no hay pintor. Entonces ¿qué? ¿el solo se, la sola pregunta repitiéndose al infinito? Ya no imagen, o imagen que no es imagen, pintura que no es pintura. Yo no pinto niños, ni árboles, ni bisontes… sólo pinto. “Desaparición elocutoria del poeta”: desaparición pictórica del pintor. Nada. Pero ¿entonces? Esto: un rojo-verde-amarillo o violeta-azul o líneas al azar, descolocación dislocación del mundo en pura aparición de lo que aparece cuando no aparece nada. ¿Sí? ¿O esos son puros reflejos, pura aparición que llamamos “colores”? ¿Pero quién llama a eso colores? Y atrás o adelante ¿qué? Desocultamiento, manifestación, creación, ¡palabras! ¿Qué estaba oculto o retirado o no manifestado? ¿El Ser o Dios? Palabras. ¿Entonces? La tela, el pincel, las manos, el óleo, la obsesión llevada hasta la luz. ¿De quién? Vanidad de vanidades. ¿Por qué la vanidad de querer que haya alguien (el pintor) y algo (la obra)? ¿Por qué no la pobreza de la inexistencia? ¿Por qué querer develar? El transfondo, lo previo, el presupuesto o Prius de eso. El enigma está en que detrás o adentro de la mano no hay nadie que tenga como conciencia realizada el cuadro o el poema o la música antes de pintarlo o escribirlo o componerla. El cuadro se hace ahí en el acto de hacerlo y no previamente al acto que lo hace. Esto descompone no únicamente el arte sino el mundo. ¿Entonces nada más que las cenizas o la presencia de lo nunca presente, lo intransitable”? El vicio de la explicación, de la razón, de la construcción, el tremendo deseo de que haya alguien que pinte, que mire, que hable o que piense. ¿Podemos renunciar al yo o al mundo? ¿El arte como renuncia (o tal vez como superación no dialéctica) al mundo, como otro-que-mundo? Eso toca, o nada. Todo o nada. La vida o la muerte. ¿Una apuesta? Lo que llamamos destino, o la porrección sacra. “El espíritu es inmortal”. ¿Espíritu o qué? Tal vez el se, el hay-algo y no nada. El algo tachado, como el yo, el mundo y dios, sólo hay el hay. La palabra se des-palabra. El color se des-colora, la música se des-música, el pensamiento-sin-pensamiento, etc. Entren “señores y señoras”. ¡Entren! También aquí, o ante todo aquí, “están los dioses”.

Acerquémonos, en espacio y tiempo. Las cosas se dan o se abandonan en la quietud, en la constancia. No es fácil ver-oír-pensar, y tampoco es fácil el amor, el éxtasis, ¡la vida! No es fácil  es detener el mundo y recibirlo, dejarlo venir, entregarse u ofrendarse. Exige una práctica hasta lograr la comunidad en la manifestación del eso o del se. Más que de una práctica habría que hablar de “respeto”, porque lo que está en juego es un absoluto. Antes lo llamaban “alma” y ahora no sabemos bien cómo llamarlo. No sabemos de qué se trata ni si se trata-de, pero sabemos que no se trata de una cosa. El se con el que debemos tratar y el yo que debe tratar con el se no son cosas, e incluso es muy posible que no sean, que no tengan existencia.

2. No se trata de lo visible y lo invisible sino de lo visible de lo invisible y de lo invisible de lo visible. Ese reflejo circular que se sorprende a sí en el instante para de inmediato perderse y volver a recuperarse en lo que podríamos denominar el misterio de la unidad y la diferencia. Ese quiasma (es) el pintor, receptáculo y creador del encuentro eterno y fortuito del instante, el tiempo depuesto en el solo resplandor de su horizonte. Allí la tribu prorrumpe en cánticos de alabanza a este bizarro ver con los oídos, con la piel y la lengua, de tocar con los ojos, allí en el desbarrancamiento, o el mundo, o como se lo quiera llamar. Puertas en el cuadro de la excedencia, como la música y la poesía: abertura donde se da la gracia de los signos indescifrables de la aceptación. Ni representación ni presentación, un hueco, un vacío al que entramos (decir que entramos es una concesión) o donde nos deponemos (el se nos depone deponiéndose a sí en una suerte de milagro) en la única comunidad posible, en esa realidad irreal que decimos ser: la dolorosa comunidad de la muerte, la queja, el clamor. Esta desposesión que no nos pertenece es el retomar de un camino que no tiene inicio ni fin, de ese camino que camina en el único caminar posible, el de la revelación. Camino que no lleva a ninguna parte siendo siempre total plenitud: el cuadro como cáliz.

3. No es fácil, pero si acontece tiene la belleza de la evidencia. Hay un darse, previo, a la donación, o haberse vuelto disponibilidad al suceso de lo inédito e inaudito. Quiero entonces mencionar el abandono del deber-ser que se nos impone como hecho imperioso, avalado social e históricamente: un cuadro debe ser de tal o cual manera: figurativo o no figurativo, como si allí echara sus raíces eso que llamamos pintura. ¿Entonces? El abandono implica la apertura a lo siempre inédito, desde las cuevas de Altamira hasta Pollock o Duchamp o quien sea atreviéndose a recoger el rayo sin importarle su furia o su amor. Abandono de uno mismo, de las caparazones, de las redes, de las ideas, del sistema, hasta llegar al niñito que todavía no habla ni recuerda, que sólo ingiere, deglute, expele, entregado sin conciencia al dejarse que el mundo, es decir todo, lo construya, construya sobre el vacío o en su inocencia lo que luego será seguramente espera, preguntas, miedo, amor. Poder volver y acariciar la suave generosidad del vientre, del nido que lo empolló con sangre y aire elementales, retomar ese hueco vacío para emprender otra aventura, la aventura aquí ofrecida, no digo el color rojo o blanco o la tela o los pinceles, digo el ofrecimiento de toda una criatura a toda otra criatura, abriéndose en la donación de lo mismo, encontrando en la suma de pinceladas arbitrarias algo así como un orden, como la revelación de un orden que es, por supuesto, indefinible o puro goce de exceso. Orden sin orden o caos, en el sentido de la divinidad. Lo que me atrevo a llamar divinidad es lo ininteligible, el más impensable, lo tan evidente y manifiesto que nos enceguece, no vuelve tan pobres que podemos aspirar al reino. De eso, Gustavo, más allá de lo efímero de los seres humanos cuando se encierran en sus férreas cápsulas terrenales, hablan (tus) cuadros. Y si sólo puedo balbucir es porque la raíz se pliega, se repliega, dejándonos sólo vislumbres. En esos vislumbres se articula un llamado, una teofanía, sin palabras. Un llamado que no se oye ni se oirá nunca con las orejas, ni se verá nunca con los ojos. Cada pintura es el caos del llamado, es decir, el ritmo del llamado, el poderoso silencio del llamado.

3. ¿Y el arte? Arte es una palabra indefinible, indeterminada. Por eso estamos en la libertad del decir, de atrevernos a decir sabiendo que todo decir es esencialmente frágil, efímero, falible, que sólo en lo más abstracto de lo abstracto, en el vacío, podemos tomarnos un respiro. ¿Cómo hablar de lo que abandona el lenguaje yendo hacia lo “desconocido”: la pintura, la música, la poesía, el pensamiento? Cuando bajamos a las obras (en este momento y lugar, a tus cuadros) lo que se impone, diría en un arrebato extático, es el silencio. La obra no es un puente porque es todo, pero es como un puente. En la obra no hay que buscar otra cosa, pero hay otra cosa en la misma cosa. Quiero decir que la superficie es y no es la obra. Es la obra si aceptamos que la llamada superficie contiene la totalidad de los posibles y de los imposibles. No se trata de escindir el lo del mundo, pero sí dejar que el llamado eso tome su “iniciativa” y muestre también su videncia. “No pinto niños, sólo pinto”; en esta frase tan directa y simple se esconde tal vez lo indefinible del “arte”, su espejismo, esa imposibilidad de dominarlo conceptualmente porque su des-ser es igual a su retirarse. Los niños, los árboles, las manzanas, las manchas, los trazos o lo que sea, están allí y nos tocan, advirtiéndonos de algo, de su propia concretud y, simultáneamente, incitándonos a lo desconocido, ni más allá ni más acá, en un eso inagotable, justo en el centro de ese puente que es él mismo un río sin riberas. En el puente, o en los cuadros que miramos, debemos ver (tomando el “ver” en un sentido casi místico de revelación, donde lo que se revela no es otra cosa sino paradojalmente el propio revelarse). Al decir no pinto tal o cual cosa sino que sólo pinto, el pintor que lo dijo está sacando a la pintura, o al arte, de su representación e inaugurando la posibilidad de la absoluta libertad del acto en un sentido global que incluye todo, desde quien sostiene un pincel, o lo que sea, hasta la materia y la tela. “Pinto” significa vean, con los ojos y con más allá de los ojos, digamos, con el espíritu, en otras palabras vean con el ver, con el se, vean en la propia divinidad. Y eso fue lo que se hizo, el llamado “arte” estalló y hoy estamos en ese estallido, en una suerte de vértigo desligado de preceptos y conceptos, de retóricas y de cánones. Un así es plurívoco, desenfrenado, anárquico: actos desligados de leyes, de tradiciones, de academicismos, pero exigente de una severidad existencial hiperbólica. Se puede hacer lo que se quiera y lo que se pueda pero en la asunción imprevisible de una plena exigencia, no planteada como un  deber previo que la convertiría en formal sino como un reconocimiento siempre a-posteriori. No un debes hacer tal o cual cosa de tal o cual manera sino la previedad del vacío que como abandono se entrega a la llegada, a la siempre inédita llegada. La exigencia definitiva, para el espectador, es convertirse en actor, convertirse en la obra que está allí-aquí, no dejarse separar como si debiera contemplar algo extraño a su propio ser-sin-ser. En ese espacio sin actores no queda nada más que el fuego, el riesgo y la necesidad de ser consumidos por el fuego.

4. Esta no es una exposición ni una mostración, es una donación dándose como muerte (del yo, de Dios, de los “fundamentos”, de la metafísica, del mal, de la estética…), como signo o como una señal que no señala nada, o señala la nada, o se señala a sí misma como señal del exceso donde el sistema claudica ante ese no-ser que llamamos gloria. Profundizar en lo abierto, en esto que se nos brinda en nuestra propia abertura, pues somos cada vez más lo abierto ilimitado, sin conceptos, sin ideas, en el más incluso que ser: abertura inclausurable, siempre en exceso de sí, en el más de sí. Comunicación extrema en el no-ser únicamente algo, en no dejarse reducir al solo “cosa” (a la reificación terminal del Sistema), vale decir a ningún proyecto, a ningún sistema filosófico o religioso, a ninguna fe, a ninguna utopía teleológica. Sólo lo abierto de una comunidad desgarrada, de un hombre que hace de su individualidad desgarrada su forma-de-ser, o que la asume en un movimiento de absoluta separación y de absoluta subsunción en el otro y en lo otro. El “arte” (la mística, el erotismo, una religiosidad anárquica, amorosa, una individualidad comunista exacerbada, loca) como transgresión, transgresiones, del Sistema como estructura social, como ética, como ideología, como costumbres, como técnica enajenante, homogeneizante, lisa, tanática.

A eso nos llama, a voces, esta “pintura” en proceso. Digamos un itinerario o un desprendimiento de colores (evidentes) y de formas (no tan evidentes: porque la falta de niños, de retratos o de paisajes, puede llevar al equívoco de pensar que no hay forma. Y precisamente eso es lo que hay en lo más hondo: forma. Pero no una forma manifiesta en su visibilidad como un objeto. Hay que pensar en una forma que no es mostrable, ni señalable, sino que adviene a partir de la entrega y del don (digo don porque se trata de algo que pertenece a lo abrupto, a una irrupción inesperada, como cuando uno de golpe capta en el firmamento una constelación, que estaba allí, por supuesto, pero que había que captar, y precisamente para captarla había que mirar el cielo sin mirarlo, quiero decir en suspensión de la mirada buscadora, o con una mirada distraída, flotante, al sesgo). Modificar o transformar el mundo es un énfasis, en realidad se trata de un toque, a veces casi imperceptible, algo que queda resonando en el espíritu como el eco de una campana que a veces emerge en la conciencia recordándole que hay luz o que hay eso que hay y nos permite vivir en el porque sí, en el por nada, ¡como vive todo! ¿Romanticismo? ¿Por qué no?

Esto que digo es nada y no sirve para nada, cada uno mira como puede y ve lo que puede. Alrededor del “arte”, sea cual sea, desde un cuadro hasta una instalación o una obra conceptual, lo único que existen son divagaciones… y esto es así porque el “arte” no se entiende, no se puede comprender, va derecho ¡sin intermediarios! al alma. Se pueden escribir (¡y a dios gracias se escriben!) libros sobre el arte de Lascaux o sobre Duchamp, sobre Giacometti o sobre los suecos de Van Gogh… pero la “obra” de “arte” permanece intocada. El pensamiento de los filósofos, de los historiadores o de los psicoanalistas, puede abrir perspectivas al ver, permite advertir lo que no se había advertido, pero la “obra” permanece indemne, siempre entregándose y al mismo tiempo alejándose en la propia entrega. Vanidad sería querer captar un sentido en una obra, porque la obra precisamente no tiene un sentido, cada uno le da “su” propio sentido, y estoy seguro de que la obra lo agradece… pero desde muy lejos, desde más allá…

Dijo: “cada cuadro me sumerge en una profundidad insondable que surge de la abstracción misma… ¿qué color tiene el color? Bastan los rojos oscuros, densos, espesos (…) los azules, grises, azul niebla, gris plata, gris nube, grisáceos, rojizos, amarillos otoñales, amarillos de sol, vibrantes, un cuadro lleva a otro, a perderse en él cada vez rojos amarillos azules, el celeste (…) cada uno ahonda al otro, los negros resaltan en sus líneas, algunas espesas… intensidad del olor que se hunde en la piel, en el cuerpo, en la respiración, el aliento… colores, llevan a imágenes sin término… noche, oscuridad, estallidos, entrañas, respiración que se suspende, emoción, a ras…atrae, llora, grita, no hay calma, hay vibración, respiración contenida… negros fríos, cargados, dicientes, ¿qué dicen?… ¿qué nos o me dicen?… me dicen… me lloran susurran cantan hablan… erótica sublime, abstracción romántica que (…) grita (…)”

Guardo silencio. Dijo: es un cáliz donde se depositan lágrimas…

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